DULCE NOCHE
Su carrera de bailarina se truncó cuando los responsables de una escuela de danza portuguesa pensaron que catorce años eran demasiados para una candidata a estrella. Sin embargo, esa decisión acabaría provocando un giro inesperado en las aspiraciones de aquella joven. Años después, alguien descubrió el gran tesoro que guardaba en su voz, brindando al resto del mundo la oportunidad de poder disfrutar de una de las mejores voces de los últimos años.
Dulce Pontes nació hace cuarenta años en Montijo, una villa portuguesa situada a orillas del Tajo, cerca de su desembocadura y mirando de frente a Lisboa, cuna de las mejores voces de Portugal. En 1991, su triunfo en el Festival Nacional de la Canción de su país dio la razón a los que habían visto en ella a la nueva voz del fado, a la más digna heredera de la gran Amália Rodrigues. Ese mismo año pudo representar al país vecino el Festival de Eurovisión, obteniendo el premio a la mejor intérprete.
La voz de Dulce Pontes se sumergió entonces en las raíces de la música portuguesa, consiguiendo revivir un estilo, el fado, que parecía agotado. Pero su inconfundible estilo de voz también le ha permitido traspasar las fronteras de varios géneros musicales bien distintos a lo largo de su discografía, llegando a colaborar con músicos de la talla de Caetano Veloso o Ennio Morricone.
La noche del pasado sábado, la espectacular voz de la cantante portuguesa ponía el broche de oro al Festival Mirador de la Reina, que se celebra anualmente en el interior de las ruinas del monasterio de Carracedo, convertido en el mejor escenario para una actuación de esas características. Fue, sin duda, uno de esos momentos maravillosos que quedan en la retina del espectador y que me empujan hoy a felicitar a la organización del evento por haber elegido, para la edición de este año, a una de las mejores artistas del panorama internacional.
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