ARRIMARSE A BUEN ÁRBOL
Hubo un tiempo en el que, para hacerse con una buena reputación, lo más recomendable para algunos era arrimarse a un buen árbol. Y lo hacían contribuyendo generosamente al cepillo dominical de la parroquia, al disfrute gastronómico de hacendados, curas y jefes de puesto de la Guardia Civil, sin olvidar algún envío esporádico de unas viandas al juez de partido y una caja de puros habanos al despacho del gobernador.
Hoy, los tiempos han cambiado y con ellos también algunos hábitos. Aquella metodología se ha vuelto más sutil y tremendamente eficaz. El círculo vicioso se ha visto reducido a un solo destinatario, pero con múltiples beneficiarios. Ahora basta con ganarse la confianza de un constructor con patrimonio suficiente como para ser el propietario de un grupo empresarial con control mayoritario sobre algún grupo de comunicación.
De esta forma, algunos políticos de partidos diferentes pero de ideología afín se ven recompensados con generosas campañas de imagen que salen del bolsillo de aquellos ciudadanos a quiénes van dirigidas. Aquellas viandas de ayer se antojan hoy migajas si se comparan con los beneficios que deja el tráfico de influencias, el oscurantismo en algunas privatizaciones, las adjudicaciones a dedo o las concesiones urbanísticas de dudosa legalidad.
Pero todo tiene sus riesgos, y hay veces que las ratas comienzan a abandonar el barco cuando avistan el iceberg en el horizonte, antes de adivinar si ambos llegarán a colisionar. Y en casi todos los casos, el último en enterarse será el ciudadano que ha pagado todo el convite.
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