CARNICER EN CABRERA
01-09-2008 00:00:01
Hasta el próximo día 15 de septiembre, el museo de La Cabrera de Encinedo acoge una exposición que merece la pena visitar. Se trata de una colección fotográfica del viaje que Ramón Carnicer realizó a aquella región en 1962 que dio lugar, dos años más tarde, a la aparición de la obra “Donde las Hurdes se llaman Cabrera”. Su título, una denuncia evidente de la situación precaria de aquella comarca, era la mejor carta de presentación para una publicación que provocó un aluvión de críticas contra el autor por parte de los poderes fácticos de entonces.
Ahora, las instantáneas de Carnicer ilustran a los que algún día fuimos lectores de aquella obra y demuestran que al autor villafranquino no le faltaba razón; Desde el inicio de su viaje, en Puente de Domingo Flórez y su paso sobre el río Cabrera, ataviado todavía con las maderas colocadas por carpinteros locales para sustituir al arco de piedra hundido años atrás; la humilde choza de Saceda donde agonizaba la anciana Alicia; la imagen de la maestra extremeña de Santalavilla y sus siete últimos alumnos; la expresión de Amelia, Basilisa, Enedina y Ludivina, las cuatro pequeñas que retrata Carnicer, ataviadas con los harapos que el autor refleja fielmente en su obra o el aspecto de la habitación de Noceda, con sus paredes de ladrillo sin revocar o aquella de Castrillo donde pasó varias noches, construida sobre un derrumbadero y propiedad de Laureano Rodera, el cantinero de la localidad.
Entre las instantáneas también puede verse una calle de Encinedo, que conserva en parte su aspecto primitivo, y en la cual identifico la casa que alberga actualmente el mesón del Abuelo, desde donde hoy escribo esta columna.
Ahora, las instantáneas de Carnicer ilustran a los que algún día fuimos lectores de aquella obra y demuestran que al autor villafranquino no le faltaba razón; Desde el inicio de su viaje, en Puente de Domingo Flórez y su paso sobre el río Cabrera, ataviado todavía con las maderas colocadas por carpinteros locales para sustituir al arco de piedra hundido años atrás; la humilde choza de Saceda donde agonizaba la anciana Alicia; la imagen de la maestra extremeña de Santalavilla y sus siete últimos alumnos; la expresión de Amelia, Basilisa, Enedina y Ludivina, las cuatro pequeñas que retrata Carnicer, ataviadas con los harapos que el autor refleja fielmente en su obra o el aspecto de la habitación de Noceda, con sus paredes de ladrillo sin revocar o aquella de Castrillo donde pasó varias noches, construida sobre un derrumbadero y propiedad de Laureano Rodera, el cantinero de la localidad.
Entre las instantáneas también puede verse una calle de Encinedo, que conserva en parte su aspecto primitivo, y en la cual identifico la casa que alberga actualmente el mesón del Abuelo, desde donde hoy escribo esta columna.
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Comentario hecho por Chiqui, el día 31-08-2008 23:21:17h.
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