PASAR DE CUARTOS

El próximo domingo, la selección española de fútbol tratará de cambiar su sino ganando a una de sus bestias negras, Italia. A tenor de lo sucedido estos días, algunos ya pronostican una victoria fácil para los nuestros, pero la situación actual se asemeja bastante a la vivida en pasadas ediciones.
Históricamente, los italianos se han caracterizado por clasificarse para los campeonatos a última hora. Luego, suelen renquear en la primera fase y pasar a la siguiente con más pena que gloria. Pero cuando hay que dar la talla no tienen rival. El resultado es un palmarés en Europa similar al español, pero cuatro entorchados a nivel mundial en sus vitrinas, incluido el último. Y casi nunca entraban en las apuestas.
Por el contrario, la selección española siempre llega a los campeonatos con la vitola de favorita, después de una brillante fase clasificatoria. Sus rivales no se cansan de señalarla como la principal aspirante al triunfo. Saben de sobra que nuestra euforia es la mejor arma para derrotarnos. Así, salvo excepciones -la última hace 24 años- nuestra trayectoria siempre acaba en los cuartos de final.
Otros aspectos nos diferencian del resto de países punteros. Cuando las señas de identidad son impuestas dejan de ser comunes y sirven más para dividir que para unir. No hay más que ver a una afición en pie cantando la Marsellesa, el God Save the Queen, el Canto degli italiani o el Das Deutschlandlied y compararlo con el cachondeo general que supone el "lolailo lailo" patrio.
Si se cumple la tradición, la selección española debería estar de regreso en Barajas la madrugada del próximo lunes. Sólo la humildad puede cambiar la historia.
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