VALORES PARA LA SOCIEDAD
20-09-2007 00:00:01

En los últimos tiempos, no han sido muchos los rincones del municipio y de la propia ciudad de Ponferrada, que se hayan librado de la visita inesperada de los amigos de lo ajeno y de los que encuentran en el vandalismo una extraña forma de diversión.
La acción de los primeros deja como consecuencia episodios como el que se produjo no hace muchos días en Otero, con el robo de un buen número de piezas de gran valor histórico en la iglesia de Santa María de Vizbayo.
La reciente visita de los cacos vino a recordar lo sucedido, a principios del pasado mes de marzo, en la ermita de la Santa Cruz de Montes de Valdueza, de cuyo frontal alguien extrajo la lápida fundacional del monasterio de la localidad, de principios del siglo X. En este caso, sin embargo, la cronología de los hechos hizo que algunos se atreviesen a identificar a los autores del robo a falta de conocer los resultados finales de la investigación, en el caso de que ésta haya seguido adelante.
Ni siquiera la lejanía ha sido obstáculo para la acción de ciertos desaprensivos. A principios de año, una parte de las instalaciones de la estación invernal de El Morredero sufría graves desperfectos, ocasionados por una máquina de gran tamaño. Minutos antes, unos desconocidos la habían extraído ilegalmente de una obra que se estaba ejecutando en aquellos días en la localidad de San Cristóbal de Valdueza. El vehículo acabó despeñado por un barranco una vez consumada la acción que la había trasladado allí y la investigación se cerró sin resultados positivos.
Las consecuencias del segundo problema son fácilmente visibles cuando uno pasea por cualquier calle de Ponferrada, con independencia del barrio. El vandalismo, traducido en una absurda colección de garabatos, proclamas y frases amenazantes, ha hecho mella en todos y cada uno de los rincones de la ciudad, hasta convertir ésta en un auténtico campo de batalla para los amantes del spray en su versión más cutre.
Paredes, pavimentos y elementos del mobiliario urbano, sin excepción, son los escenarios elegidos por aquéllos que utilizan el spray corrosivo para enarbolar pensamientos e ideologías que no son capaces de defender con la palabra. Ni los muros centenarios del castillo de Ponferrada se han podido librar de su ataque.
En el lado de las víctimas indirectas de sus fechorías están buena parte de los graffiteros, sensibles también al problema y a los que el ciudadano tiende a meter en el mismo saco. Las acciones vandálicas no son la mejor carta de presentación para los que, al contrario, convierten el spray en arte a la hora de solicitar espacios para desarrollarla, un derecho que les corresponde de la misma manera que un campo de fútbol lo hace con aquellos a los que les gusta dar patadas a un balón.
La acción más reciente ha sido el incendio del espacio infantil del parque del Temple. Parece que las últimas detenciones llevadas a cabo por la policía municipal no han servido para persuadir a los delincuentes y ya hay quien se plantea endurecer las sanciones. El origen, sin embargo, está en una sociedad necesitada de valores como la solidaridad, la tolerancia y el respeto al entorno que nos rodea.
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