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Columnas de Santiago Macías en La Crónica de León

EL ÚLTIMO ADIOS

19-04-2007 00:00:01

Es difícil sentarse a escribir después de despedir por última vez a un ser querido; la tristeza se apropia del estado de ánimo y terminar cada frase se hace muy cuesta arriba. Por eso, lo primero que me pasó por la cabeza ayer fue llamar a la redacción del periódico para decirles que no me encontraba con fuerzas para escribir esta columna; pero a última hora decidí no hacerlo e intentar cumplir con mi deber y sacar adelante estas líneas para convertirlas en un último y merecido homenaje al que se fue.
Tino, como a él le gustaba que le llamaran, fue uno de aquellos bercianos que formó parte de la enésima generación de emigrantes, en los años 60, que se vieron abocados a abandonar su tierra en busca de un futuro diferente. Pasando primero por Galicia y más tarde en Euskadi, desarrolló su actividad profesional en la industria naval hasta que la reconversión de finales de los años 80 le permitió alcanzar la prejubilación y regresar a unos orígenes que no había olvidado.
El pasado domingo por la tarde, la localidad de San Juan de la Mata se paralizó para darle su último adiós. No faltaba ni uno sólo de sus vecinos, de sus amigos, de sus paisanos. Su sola presencia suponía el mejor aliento para una familia con un sufrimiento demasiado prolongado en el tiempo.
Allí estaban amigos como Ángel, el cura de Ocero, que a pesar de saber que respeto pero no comparto sus creencias religiosas, en cuanto tuvo conocimiento de la noticia se ofreció discreta y voluntariamente para acompañar a toda la familia en el último adiós. Detalles así elevan la amistad por encima de todas las cosas, demuestran la calidad humana de las personas y enorgullecen a aquel que puede presumir de conocerlas.
Otro de esos momentos imborrables tuvo lugar en medio de la plaza del pueblo, cuando el pedáneo de la localidad se erigió en portavoz de los vecinos para dedicar unas palabras emocionadas en nombre de todos ellos y que apenas pudo terminar porque los aplausos, tan unánimes como espontáneos, silenciaron su voz.
Luego, pidió a la familia que permitiese a los amigos de Tino cumplir con un último deseo hacia él: Poder llevar el féretro en hombros desde allí hasta el cementerio, recuperando una costumbre que había desaparecido en los últimos años y que demuestra con creces el cariño, la admiración y el respeto que todos en su pueblo, sin distinción, le profesaban.
La dignidad, la generosidad y la discreción con las que vivió las conservó intactas desde el momento en que conoció el alcance de su enfermedad hasta el final de sus días. Consciente de que vivía sus últimos momentos, trató de apurar al máximo buscando fuerzas donde no le quedaban para conocer al nieto que Susana, su hija más joven, esperaba darle muy pronto.
No pudo ser y la muerte le ganó la partida por muy poca distancia. Pero a pesar de ello, ese nieto sabrá quien fue su abuelo porque los que quedamos aquí nos encargaremos de decírselo. Y también lo hará su pueblo, sin duda.

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