MANERAS DE VIVIR… Y DE MORIR
28-09-2006 00:00:01
Las páginas de este periódico contaban ayer la historia de Piergiorgio Welby, un italiano de sesenta años que sufre distrofia muscular, una enfermedad degenerativa que le impide hablar y moverse y que le fue diagnosticada cuando era sólo un adolescente.
Su caso ha conmocionado Italia, donde su primer ministro, Giorgio Napolitano, después de recibir una carta del propio afectado, ha manifestado su deseo de abrir un debate parlamentario para tratar el asunto. A su vez, el presidente de la Cámara, Fausto Bertinotti, ha mostrado su apoyo a la idea de abordar un tema que divide a la sociedad italiana y a la clase política en general.
Su caso nos trae a la memoria el del gallego Ramón Sampedro, que permaneció la mayor parte de su vida postrado en una cama, enfrascado desde entonces en una lucha tan larga como inútil para solicitar que le fuese aplicada la eutanasia activa, algo que no sucedió. Finalmente, el 12 de enero de 1998, tomó la decisión de poner fin a su agonía en un piso de Boiro con la ayuda de Ramona Maneiro, que confesó su participación una vez prescrito lo que la ley recoge cómo delito.
Antes, como ahora, alguien debería pensar que la vida es propiedad del que la posee, y él es quien debería decidir sobre cómo vivirla o cuándo ponerle fin cuando llegue a una situación en la que deje de disfrutarla, como es evidente en ambos casos.
Sin embargo, en este mundo en el que nos ha tocado vivir, tan lleno de incoherencias, este asunto no es la excepción. Cuesta entender que al tiempo que se termina con la vida de un ser humano que no lo desea, no se permita que otro, por sí mismo, decida cuando quiere poner fin a la suya. O sea, que al que no quiere resulta que sí, mientras al que sí quiere no se le deja.
En la clase política italiana, algunos de los que no quieren ni oír hablar de la legalización de la eutanasia pertenecen a partidos de la extrema derecha que defienden las tesis de personajes como Hitler, Mussolini o Franco, que tan poco se caracterizaron en la defensa de la vida ajena.
En cuanto a la iglesia, más de lo mismo. El presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, el cardenal Lozano Barragán, comparó la eutanasia con un asesinato porque ésta elimina la vida, y eso es una tarea que corresponde solamente a la divinidad. Pero no sería la primera vez que alguien se va para el otro barrio sin que nadie le reclame desde allí. A veces, incluso, con la inestimable colaboración de esos mismos que hoy dicen que “el hombre no puede jamás sustituir a Dios”. En España tenemos un buen ejemplo.
Unos y otros miran para otro lado cada vez que se aprueba una condena a muerte en los países en los que ésta sigue vigente, algunos de ellos grandes potencias mundiales. A veces, incluso, sus mandatarios son bendecidos por el Papa mientras besan su anillo o se van de ruta para mostrar al mundo las excelencias de su brillante sistema de libertades y de su modelo democrático, a exportar a otros países a base de destrucción y muerte, preferentemente en Oriente Medio.
Su caso ha conmocionado Italia, donde su primer ministro, Giorgio Napolitano, después de recibir una carta del propio afectado, ha manifestado su deseo de abrir un debate parlamentario para tratar el asunto. A su vez, el presidente de la Cámara, Fausto Bertinotti, ha mostrado su apoyo a la idea de abordar un tema que divide a la sociedad italiana y a la clase política en general.
Su caso nos trae a la memoria el del gallego Ramón Sampedro, que permaneció la mayor parte de su vida postrado en una cama, enfrascado desde entonces en una lucha tan larga como inútil para solicitar que le fuese aplicada la eutanasia activa, algo que no sucedió. Finalmente, el 12 de enero de 1998, tomó la decisión de poner fin a su agonía en un piso de Boiro con la ayuda de Ramona Maneiro, que confesó su participación una vez prescrito lo que la ley recoge cómo delito.
Antes, como ahora, alguien debería pensar que la vida es propiedad del que la posee, y él es quien debería decidir sobre cómo vivirla o cuándo ponerle fin cuando llegue a una situación en la que deje de disfrutarla, como es evidente en ambos casos.
Sin embargo, en este mundo en el que nos ha tocado vivir, tan lleno de incoherencias, este asunto no es la excepción. Cuesta entender que al tiempo que se termina con la vida de un ser humano que no lo desea, no se permita que otro, por sí mismo, decida cuando quiere poner fin a la suya. O sea, que al que no quiere resulta que sí, mientras al que sí quiere no se le deja.
En la clase política italiana, algunos de los que no quieren ni oír hablar de la legalización de la eutanasia pertenecen a partidos de la extrema derecha que defienden las tesis de personajes como Hitler, Mussolini o Franco, que tan poco se caracterizaron en la defensa de la vida ajena.
En cuanto a la iglesia, más de lo mismo. El presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, el cardenal Lozano Barragán, comparó la eutanasia con un asesinato porque ésta elimina la vida, y eso es una tarea que corresponde solamente a la divinidad. Pero no sería la primera vez que alguien se va para el otro barrio sin que nadie le reclame desde allí. A veces, incluso, con la inestimable colaboración de esos mismos que hoy dicen que “el hombre no puede jamás sustituir a Dios”. En España tenemos un buen ejemplo.
Unos y otros miran para otro lado cada vez que se aprueba una condena a muerte en los países en los que ésta sigue vigente, algunos de ellos grandes potencias mundiales. A veces, incluso, sus mandatarios son bendecidos por el Papa mientras besan su anillo o se van de ruta para mostrar al mundo las excelencias de su brillante sistema de libertades y de su modelo democrático, a exportar a otros países a base de destrucción y muerte, preferentemente en Oriente Medio.
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Hecho con
Me permito llamarte así para que te des cuenta que soy tu vecino Manuel, si bien has ido progresando muchísimo y lógicamente ya nadie te llamará así.
Te envío este mensaje para decirte que sigo todas tus crónicas porque las veo muy acertadas tanto las críticas políticas como tus relatos sobre la memoria histórica.
Sigue así y muchos saludos.