CABALLOS, BURROS Y OTRAS ESPECIES
31-08-2006 00:00:01
Hace unos días, el Ministerio de Defensa español decidía retirar la estatua ecuestre de Franco que permanecía en la Academia Militar de Zaragoza desde los primeros años de la dictadura. Amén de otras muchas razones de tipo social, histórico, moral, pedagógico, democrático y sobre todo higiénico, la medida es acertada a la hora de poner un poco de sensatez en lo que respecta a asuntos puramente militares.
En ese último aspecto, no deja de ser un contrasentido que los miles de aspirantes a hacer carrera en el ejército tengan que rendir honores desfilando a diario por delante del tipo que pasó a la historia por traicionar su juramento de lealtad -la máxima para cualquier militar- llevando al país a una guerra civil y condenándolo a cuarenta largos años de dictadura.
La opinión de la sociedad española en cuanto a los símbolos franquistas está dividida. Una buena parte cree que deberían suprimirse de nuestras calles, ya sea para destruirlos o para ser trasladados a una especie de museo de los horrores, como se hizo con los de la antigua URSS. Otros, sin embargo, optarían por mantenerlos explicando en cada uno de ellos cuándo, cómo, quién y porqué se construyeron.
Con cualquiera de esas medidas se evitaría el hecho de que millones de demócratas de este país y lo que es más grave, las propias víctimas y sus familiares, tengan que contemplar cada día desde la ventana de su casa algunos de esos mamotretos en su estado original.
Otros, entre la indiferencia y la ironía, ven en las estatuas ecuestres del dictador que todavía se conservan en ciudades como Valencia, Toledo, Santander o Ferrol sendos homenajes a la raza equina, o lo que es lo mismo, enormes ejemplares de caballo sobre cuyos lomos se alza el mayor burro de la historia de este país.
Por último, está la postura del Partido Popular y de la Iglesia Católica que defienden a capa y espada la permanencia de la simbología franquista porque, según ellos, forma parte de la historia y hay que respetarla. Sin embargo, ninguno de ellos levantó la voz en su día, después de ver en televisión cómo el ejército del Tío Sam eliminaba a su paso toda la simbología del dictador iraquí Sadam Hussein, inmediatamente después de la entrada en Bagdad de las tropas estadounidenses.
Sin embargo en España, cada vez que se efectúa ya no una destrucción, si no el traslado de algunos de los símbolos de la dictadura todavía hay quien se rasga las vestiduras. En la última polémica, el PP acusó al Gobierno de eliminar la estatua de Zaragoza para satisfacer a los “radicales” de IU y ERC, pero se olvidó de decir que con ello también se devolvía la higiene democrática a este país y se dignificaba a los demócratas.
Los símbolos desaparecen poco a poco, pero el franquismo tardará algo más. Actitudes como las del PP en este asunto lo trasladan constantemente hasta nuestros días y dejan clara una cosa: Los que se niegan a retirar los símbolos de la dictadura de los lugares públicos lo hacen simplemente porque no tienen nada que reprocharle al dictador, si no más bien todo lo contrario. Por eso es lógico que no les molesten.
En ese último aspecto, no deja de ser un contrasentido que los miles de aspirantes a hacer carrera en el ejército tengan que rendir honores desfilando a diario por delante del tipo que pasó a la historia por traicionar su juramento de lealtad -la máxima para cualquier militar- llevando al país a una guerra civil y condenándolo a cuarenta largos años de dictadura.
La opinión de la sociedad española en cuanto a los símbolos franquistas está dividida. Una buena parte cree que deberían suprimirse de nuestras calles, ya sea para destruirlos o para ser trasladados a una especie de museo de los horrores, como se hizo con los de la antigua URSS. Otros, sin embargo, optarían por mantenerlos explicando en cada uno de ellos cuándo, cómo, quién y porqué se construyeron.
Con cualquiera de esas medidas se evitaría el hecho de que millones de demócratas de este país y lo que es más grave, las propias víctimas y sus familiares, tengan que contemplar cada día desde la ventana de su casa algunos de esos mamotretos en su estado original.
Otros, entre la indiferencia y la ironía, ven en las estatuas ecuestres del dictador que todavía se conservan en ciudades como Valencia, Toledo, Santander o Ferrol sendos homenajes a la raza equina, o lo que es lo mismo, enormes ejemplares de caballo sobre cuyos lomos se alza el mayor burro de la historia de este país.
Por último, está la postura del Partido Popular y de la Iglesia Católica que defienden a capa y espada la permanencia de la simbología franquista porque, según ellos, forma parte de la historia y hay que respetarla. Sin embargo, ninguno de ellos levantó la voz en su día, después de ver en televisión cómo el ejército del Tío Sam eliminaba a su paso toda la simbología del dictador iraquí Sadam Hussein, inmediatamente después de la entrada en Bagdad de las tropas estadounidenses.
Sin embargo en España, cada vez que se efectúa ya no una destrucción, si no el traslado de algunos de los símbolos de la dictadura todavía hay quien se rasga las vestiduras. En la última polémica, el PP acusó al Gobierno de eliminar la estatua de Zaragoza para satisfacer a los “radicales” de IU y ERC, pero se olvidó de decir que con ello también se devolvía la higiene democrática a este país y se dignificaba a los demócratas.
Los símbolos desaparecen poco a poco, pero el franquismo tardará algo más. Actitudes como las del PP en este asunto lo trasladan constantemente hasta nuestros días y dejan clara una cosa: Los que se niegan a retirar los símbolos de la dictadura de los lugares públicos lo hacen simplemente porque no tienen nada que reprocharle al dictador, si no más bien todo lo contrario. Por eso es lógico que no les molesten.
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