SALVANDO LAS DIFERENCIAS
25-08-2006 00:00:01
Desde lo ocurrido en Galicia este verano, muchas han sido las voces que desde la política reclaman la presencia de la plataforma gallega Nunca Máis, en los mismos términos en los que nació a partir de noviembre del año 2002, cuando adquirió protagonismo tras la catástrofe del Prestige.
A partir del cambio de gobierno en marzo de 2004, el Partido Popular ha dedicado todos sus esfuerzos en tratar de igualar en la balanza los fracasos de su gestión con alguno de los acontecimientos acaecidos desde entonces. Desde el Yakovlev 42 hasta la foto de las Azores, pasando por el engaño masivo del 11-M.
Cuando están a punto de cumplirse cuatro años de la catástrofe del petrolero, las consecuencias van poco a poco aminorándose. Las costas gallegas se recuperan lentamente del desastre y los productores, cuyas pérdidas fueron asumidas por los gobiernos central y autonómico, vuelven a faenar en las zonas donde durante un tiempo no pudieron hacerlo.
Por el contrario, es difícil prever que las secuelas de los incendios forestales y las miles de hectáreas de bosque quemadas en los meses de este verano vayan a recuperarse en el mismo espacio de tiempo que lo hicieron entonces las zonas afectadas por el vertido de chapapote.
Por eso, teniendo en cuenta las repercusiones entre uno y otro desastre, no deja de ser llamativa la diferente respuesta de entonces y la de ahora, tanto de la ciudadanía gallega cómo la del resto del país ante los acontecimientos. Pero quizás hoy, al contrario que en 2002, la percepción de la tragedia en la mayoría de la sociedad es bien diferente.
La manipulación e incluso la negación de la evidencia durante la tragedia del Prestige fueron los elementos que contribuyeron entonces a un mayor rechazo social. Los “pequeños hilillos de fuel” de Rajoy fueron el preludio de una catástrofe de dimensiones extraordinarias. Hoy en día sería inaudito ver a cualquier responsable de la Xunta negando que en aquella comunidad hubiera habido incendio alguno.
Hace unos días, Nunca Máis convocaba su primera concentración tras la oleada de incendios que han asolado la comunidad vecina durante las últimas semanas. Sin embargo, en ella los asistentes solicitaron a los políticos que velaran para que la justicia actuara contra los pirómanos y contra los diferentes sectores que están en el centro de las sospechas de los afectados (especuladores urbanísticos, negocios madereros, trabajadores forestales, etc…) amén del establecimiento de una línea de ayudas a los afectados, pero dejando a un lado a los propios políticos.
Sin embargo, a finales de 2002 las miles de personas que se manifestaban por las calles de Galicia reclamaban todo lo contrario, o lo que es lo mismo, que la justicia actuara contra los propios políticos, a los que consideraban los principales culpables de la errónea gestión de la crisis.
Ese detalle es el que diferencia la visión de los hechos de 2002 y 2006 por parte de la ciudadanía, que es sabia, por más que alguno quiera establecer similitudes.
A partir del cambio de gobierno en marzo de 2004, el Partido Popular ha dedicado todos sus esfuerzos en tratar de igualar en la balanza los fracasos de su gestión con alguno de los acontecimientos acaecidos desde entonces. Desde el Yakovlev 42 hasta la foto de las Azores, pasando por el engaño masivo del 11-M.
Cuando están a punto de cumplirse cuatro años de la catástrofe del petrolero, las consecuencias van poco a poco aminorándose. Las costas gallegas se recuperan lentamente del desastre y los productores, cuyas pérdidas fueron asumidas por los gobiernos central y autonómico, vuelven a faenar en las zonas donde durante un tiempo no pudieron hacerlo.
Por el contrario, es difícil prever que las secuelas de los incendios forestales y las miles de hectáreas de bosque quemadas en los meses de este verano vayan a recuperarse en el mismo espacio de tiempo que lo hicieron entonces las zonas afectadas por el vertido de chapapote.
Por eso, teniendo en cuenta las repercusiones entre uno y otro desastre, no deja de ser llamativa la diferente respuesta de entonces y la de ahora, tanto de la ciudadanía gallega cómo la del resto del país ante los acontecimientos. Pero quizás hoy, al contrario que en 2002, la percepción de la tragedia en la mayoría de la sociedad es bien diferente.
La manipulación e incluso la negación de la evidencia durante la tragedia del Prestige fueron los elementos que contribuyeron entonces a un mayor rechazo social. Los “pequeños hilillos de fuel” de Rajoy fueron el preludio de una catástrofe de dimensiones extraordinarias. Hoy en día sería inaudito ver a cualquier responsable de la Xunta negando que en aquella comunidad hubiera habido incendio alguno.
Hace unos días, Nunca Máis convocaba su primera concentración tras la oleada de incendios que han asolado la comunidad vecina durante las últimas semanas. Sin embargo, en ella los asistentes solicitaron a los políticos que velaran para que la justicia actuara contra los pirómanos y contra los diferentes sectores que están en el centro de las sospechas de los afectados (especuladores urbanísticos, negocios madereros, trabajadores forestales, etc…) amén del establecimiento de una línea de ayudas a los afectados, pero dejando a un lado a los propios políticos.
Sin embargo, a finales de 2002 las miles de personas que se manifestaban por las calles de Galicia reclamaban todo lo contrario, o lo que es lo mismo, que la justicia actuara contra los propios políticos, a los que consideraban los principales culpables de la errónea gestión de la crisis.
Ese detalle es el que diferencia la visión de los hechos de 2002 y 2006 por parte de la ciudadanía, que es sabia, por más que alguno quiera establecer similitudes.
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