DE TODO LO REAL Y LO IRREAL
13-07-2006 00:00:01
Antes de ayer, leyendo esta misma página, me acordé de mi amigo Manuel Rivas, que en su novela “El lápiz del carpintero” cuenta una historia real que tuvo cómo escenario una localidad gallega allá por los años de la II República.
Por aquel entonces la Iglesia, preocupada por los avances culturales del nuevo régimen democrático, había decidido iniciar una campaña de “misiones evangélicas”; éstas acercarían a un buen número de sacerdotes a varias localidades para, aprovechando la asistencia de los lugareños a la misa dominical y utilizando su influencia sobre ellos, hacer campaña en favor de los partidos conservadores de la derecha, tratando de evitar con ello el triunfo de la coalición de partidos agrupados en el Frente Popular ante las inminentes elecciones generales.
Enterados de la llegada al pueblo de uno de aquellos sacerdotes, los miembros del Ateneo Obrero decidieron anticiparse a la visita. Así, lanzando una moneda al aire eligieron al que le tocaría hacer las veces de cura. Luego, colocaron unos pasquines convocando a los vecinos a concentrarse en la plaza. La intención era predicar doctrinas lo suficientemente catastrofistas cómo para hacer renegar de ellas al personal.
El elegido, ante la difícil misión que tenía por delante decidió, antes del comienzo, templar sus nervios a base de aguardiente. Minutos después, ataviado de sacerdote e irreconocible para sus paisanos, se subió al púlpito colocado en el centro de la plaza.
Una vez arriba, su avanzado estado de intoxicación etílica comenzó a hacer estragos, haciéndole olvidar por completo el guión establecido. En vista de ello, aquel hombre comenzó a evangelizar al público asistente con el único discurso que conocía de memoria: Y comenzó a hablarles de fraternidad, de laicismo, de la igualdad entre el hombre y la mujer o de la solidaridad entre los pueblos del mundo.
Momentos después, alguno de los asistentes comenzó a percatarse de que algo fallaba: Aquel tipo, desde su púlpito, utilizaba un mensaje que carecía del habitual uso fáctico del lenguaje cómo arma arrojadiza y elemento de dominación. Pero lo que realmente convenció a los parroquianos de la falsa personalidad del que les hablaba fue que, del primero al último, todos habían entendido perfectamente lo que acababan de escuchar.
A día de hoy, la situación poco ha cambiado. La Iglesia sigue aferrada a sus principios, a pesar de ver fallar todas sus profecías una tras otra. Confrontada a cualquier gobierno con unos mínimos planteamientos progresistas, utiliza contra él toda su maquinaria mediática, mordiendo la mano que, sin embargo, sigue dándole de comer.
Hoy, la influencia económica de los sectores vinculados a la Iglesia ha sustituido a la influencia moral sobre aquel pueblo muerto de hambre y de miedo. Pero en democracia, los ciudadanos podemos elegir libremente entre lo real y lo irreal, lo creíble y lo increíble. Y lo podemos hacer todos, incluido el Presidente del Gobierno al que yo, personalmente, prefiero ver hablando de la Alianza de Civilizaciones y de la solidaridad entre los pueblos que besando el anillo de aquel que, elegido en una fumata, nos pretenden colocar cómo uno de los sabios más grandes del mundo actual.
Por aquel entonces la Iglesia, preocupada por los avances culturales del nuevo régimen democrático, había decidido iniciar una campaña de “misiones evangélicas”; éstas acercarían a un buen número de sacerdotes a varias localidades para, aprovechando la asistencia de los lugareños a la misa dominical y utilizando su influencia sobre ellos, hacer campaña en favor de los partidos conservadores de la derecha, tratando de evitar con ello el triunfo de la coalición de partidos agrupados en el Frente Popular ante las inminentes elecciones generales.
Enterados de la llegada al pueblo de uno de aquellos sacerdotes, los miembros del Ateneo Obrero decidieron anticiparse a la visita. Así, lanzando una moneda al aire eligieron al que le tocaría hacer las veces de cura. Luego, colocaron unos pasquines convocando a los vecinos a concentrarse en la plaza. La intención era predicar doctrinas lo suficientemente catastrofistas cómo para hacer renegar de ellas al personal.
El elegido, ante la difícil misión que tenía por delante decidió, antes del comienzo, templar sus nervios a base de aguardiente. Minutos después, ataviado de sacerdote e irreconocible para sus paisanos, se subió al púlpito colocado en el centro de la plaza.
Una vez arriba, su avanzado estado de intoxicación etílica comenzó a hacer estragos, haciéndole olvidar por completo el guión establecido. En vista de ello, aquel hombre comenzó a evangelizar al público asistente con el único discurso que conocía de memoria: Y comenzó a hablarles de fraternidad, de laicismo, de la igualdad entre el hombre y la mujer o de la solidaridad entre los pueblos del mundo.
Momentos después, alguno de los asistentes comenzó a percatarse de que algo fallaba: Aquel tipo, desde su púlpito, utilizaba un mensaje que carecía del habitual uso fáctico del lenguaje cómo arma arrojadiza y elemento de dominación. Pero lo que realmente convenció a los parroquianos de la falsa personalidad del que les hablaba fue que, del primero al último, todos habían entendido perfectamente lo que acababan de escuchar.
A día de hoy, la situación poco ha cambiado. La Iglesia sigue aferrada a sus principios, a pesar de ver fallar todas sus profecías una tras otra. Confrontada a cualquier gobierno con unos mínimos planteamientos progresistas, utiliza contra él toda su maquinaria mediática, mordiendo la mano que, sin embargo, sigue dándole de comer.
Hoy, la influencia económica de los sectores vinculados a la Iglesia ha sustituido a la influencia moral sobre aquel pueblo muerto de hambre y de miedo. Pero en democracia, los ciudadanos podemos elegir libremente entre lo real y lo irreal, lo creíble y lo increíble. Y lo podemos hacer todos, incluido el Presidente del Gobierno al que yo, personalmente, prefiero ver hablando de la Alianza de Civilizaciones y de la solidaridad entre los pueblos que besando el anillo de aquel que, elegido en una fumata, nos pretenden colocar cómo uno de los sabios más grandes del mundo actual.
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