EN LA CURVA DEL CAMINO
06-07-2006 00:00:01
Pasaba ya la medianoche cuando el vehículo se detuvo al borde de la carretera. Una vez abajo, el conductor apagó los faros y uno de los dos individuos armados apartó el manto que tapaba el rostro del detenido, dejándole ver la curva del camino y el sendero tupido por la vegetación que le llevaría a la muerte.
Minutos después, el reo era obligado a arrodillarse de espaldas a sus captores, mientras dirigía su último pensamiento hacia aquellos a los que ya no volvería a ver y a los sueños que quedarían truncados aquella noche.
Dos disparos en la nuca acabaron con la vida de aquel minero de Fabero. Primitivo Abella, de 35 años, dejaba mujer y una pequeña de corta edad. El delito, haber sido concejal de su pueblo natal. Al drama de su asesinato habría que sumar la mayor de las tragedias para su familia: El duelo suspendido de no saber donde reposan sus restos, desaparecidos en un paraje conocido cómo la Uve, cercano al alto de Ocero.
Hace días, una noticia en televisión me hizo recordar aquella historia: En una sala de la Audiencia Nacional, durante la celebración de un juicio, unos forenses describían con todo tipo de detalles la muerte de un concejal secuestrado. Mientras les escuchaba, pensé por un momento que hablaban del asesinato de aquel minero berciano.
Sin embargo, más tarde supe que los forenses relataban la agonía del joven concejal Miguel Ángel Blanco, durante el transcurso del juicio a sus asesinos. “Maniatado e indefenso y en situación de postración y humillación”, en palabras del fiscal, dos tiros acababan con su vida, siendo abandonado su cuerpo en una pista forestal de Lasarte.
La falta de arrepentimiento y la pasmosa indiferencia por parte de sus asesinos fueron la base de la sentencia que les condenaría a la pena máxima de cincuenta años de cárcel, culminando así la acción de la justicia que respaldó desde el primer momento a los familiares del concejal de Ermua y a todas y cada una de las víctimas del terrorismo.
A partir de aquí, dos historias hasta entonces idénticas dejaban de serlo; los verdugos de Primitivo Abella no mostraron jamás su arrepentimiento porque nunca tuvieron que rendir cuentas ante ningún tribunal. No en vano, fueron los mismos que gobernaron el país durante cuarenta años. A día de hoy, alguno de aquellos criminales da nombre a la calle por la cual pasan a menudo los hijos de sus víctimas.
Treinta años después de la muerte del dictador, aquellos hijos siguen buscando a sus padres desaparecidos para rendirles homenaje, casi siempre en la intimidad, no vaya a ser que alguno de los “nuevos demócratas” les acuse de remover odios y abrir viejas heridas. Paradójicamente, aquellos que jamás tuvieron apoyo jurídico, social o moral, están obligados a perdonar sin que nadie haya tenido el detalle de pedirles perdón.
La situación no parece cambiar: Ayer mismo, el Parlamento Europeo condenó el golpe militar de Franco. El ambiente era propicio para que cada uno asumiera su parte de culpa, y así lo hicieron todos, salvo el Partido Popular español, que desmarcándose de sus socios europeos prefería aliarse con la ultraderecha polaca, siendo las dos únicas formaciones que mostraron su rechazo a la propuesta. Dime con quien andas…
Minutos después, el reo era obligado a arrodillarse de espaldas a sus captores, mientras dirigía su último pensamiento hacia aquellos a los que ya no volvería a ver y a los sueños que quedarían truncados aquella noche.
Dos disparos en la nuca acabaron con la vida de aquel minero de Fabero. Primitivo Abella, de 35 años, dejaba mujer y una pequeña de corta edad. El delito, haber sido concejal de su pueblo natal. Al drama de su asesinato habría que sumar la mayor de las tragedias para su familia: El duelo suspendido de no saber donde reposan sus restos, desaparecidos en un paraje conocido cómo la Uve, cercano al alto de Ocero.
Hace días, una noticia en televisión me hizo recordar aquella historia: En una sala de la Audiencia Nacional, durante la celebración de un juicio, unos forenses describían con todo tipo de detalles la muerte de un concejal secuestrado. Mientras les escuchaba, pensé por un momento que hablaban del asesinato de aquel minero berciano.
Sin embargo, más tarde supe que los forenses relataban la agonía del joven concejal Miguel Ángel Blanco, durante el transcurso del juicio a sus asesinos. “Maniatado e indefenso y en situación de postración y humillación”, en palabras del fiscal, dos tiros acababan con su vida, siendo abandonado su cuerpo en una pista forestal de Lasarte.
La falta de arrepentimiento y la pasmosa indiferencia por parte de sus asesinos fueron la base de la sentencia que les condenaría a la pena máxima de cincuenta años de cárcel, culminando así la acción de la justicia que respaldó desde el primer momento a los familiares del concejal de Ermua y a todas y cada una de las víctimas del terrorismo.
A partir de aquí, dos historias hasta entonces idénticas dejaban de serlo; los verdugos de Primitivo Abella no mostraron jamás su arrepentimiento porque nunca tuvieron que rendir cuentas ante ningún tribunal. No en vano, fueron los mismos que gobernaron el país durante cuarenta años. A día de hoy, alguno de aquellos criminales da nombre a la calle por la cual pasan a menudo los hijos de sus víctimas.
Treinta años después de la muerte del dictador, aquellos hijos siguen buscando a sus padres desaparecidos para rendirles homenaje, casi siempre en la intimidad, no vaya a ser que alguno de los “nuevos demócratas” les acuse de remover odios y abrir viejas heridas. Paradójicamente, aquellos que jamás tuvieron apoyo jurídico, social o moral, están obligados a perdonar sin que nadie haya tenido el detalle de pedirles perdón.
La situación no parece cambiar: Ayer mismo, el Parlamento Europeo condenó el golpe militar de Franco. El ambiente era propicio para que cada uno asumiera su parte de culpa, y así lo hicieron todos, salvo el Partido Popular español, que desmarcándose de sus socios europeos prefería aliarse con la ultraderecha polaca, siendo las dos únicas formaciones que mostraron su rechazo a la propuesta. Dime con quien andas…
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Comentarios
Hecho con
El problema no son sólo los políticos. Hay muchas personas que también piensan que esas "viejas heridas" no deben abrirse, que es mejor dejarlo pasar, porque total.... ha pasado mucho tiempo.
El verdadero problema es que lo que piensa ese partido es un reflejo de lo que piensa mucha gente. Así que poco más te puedo decir, Santiago, que gracias por seguir en la brecha, recordándonos estas historias, que si por algunos fuera, caerían en el más completo de los olvidos.
Saludos.
Pablo.