EL PRECIO DEL PROGRESO
16-09-2005 20:03:47
El 30 de octubre de 1936, un grupo de pistoleros de Falange hacía acto de presencia en Sobrado. Preguntaban por un vecino de la localidad, José Losada Granja, el cual habría de acompañarles para, supuestamente, efectuar una declaración ante las autoridades. Serafín, uno de sus hermanos, le acompañó en el que sería su último viaje. Horas después eran asesinados y enterrados junto a un castaño a la entrada de Portela de Aguiar. El delito de ambos fue simpatizar con el Frente Popular, el de Don Manuel Azaña, y votar en las elecciones de febrero de aquel mismo año a la lista encabezada por Ramiro Armesto, a la postre elegido presidente de la Diputación Provincial y que estaba casado con una mujer de la localidad. Él también sucumbiría en los primeros días del golpe militar, fusilado en el campo de tiro de Puente Castro, cerca de la capital.
A partir de entonces, Alpidia García Moral, la viuda de José, comenzaría a colaborar con los que habían sido compañeros de su marido y que habían tenido más suerte que éste, logrando escapar de la muerte, una muerte que con el paso de los años acabaría por alcanzarles uno a uno.
Otro 30 de octubre, el de 1943, las fuerzas de represión descubrirían la presencia de alguno de aquellos hombres en la casa de Sobrado donde la viuda de José Losada sobrevivía con sus tres hijos. Siete años después, otro drama sacudía a la familia; Después del combate, la casa era pasto de las llamas y lo peor de todo, Alpidia García se vería obligada a incorporarse a la resistencia. Su única hija, y a la vez la única persona a la que la justicia franquista pudo atribuir el episodio, fue detenida y encarcelada durante más de seis años. Solo el asesinato de su madre en Villasinde, el 17 de marzo de 1949, permitiría su puesta en libertad. En 1951, Ángela volvió a Sobrado para comenzar una nueva vida, perdida ya la adolescencia, y partiendo de cero.
Hace tan sólo unos días, volví a tener noticias de Ángela. Encabezaba un manifiesto redactado por varios vecinos de Sobrado en el que denunciaban la mala calidad del agua de uso doméstico en la localidad y la presencia machacona de una melodía de dudoso gusto que atruena cada hora del día y de la noche desde el reloj situado en lo alto del edificio consistorial. La noticia no pasaría de ser una más en la vida cotidiana de un pueblo berciano de no haber sido por las declaraciones de Constantino Valle, alcalde del municipio, que días después atribuía la protesta a un grupo de gente que, según él, se negaban sistemáticamente al progreso. No voy a entrar a valorar quién tiene más o menos razón en el conflicto, pero me resultan de mal gusto las palabras del edil, cuando menos en lo que respecta a Ángela. Pero todo tiene una explicación; Constantino Valle, como yo, ni siquiera había nacido cuando sucedió lo que les contaba al principio de esta columna. Y de no ser éste un país tan amnésico, posiblemente alguien le hubiera advertido que para ser un buen demócrata lo primero que hay que hacer es respetar a los demócratas que vienen de atrás, y sobre todo a aquellos que pagaron un precio tan caro como el que pagó Ángela en sus propias carnes; El precio del progreso.
A partir de entonces, Alpidia García Moral, la viuda de José, comenzaría a colaborar con los que habían sido compañeros de su marido y que habían tenido más suerte que éste, logrando escapar de la muerte, una muerte que con el paso de los años acabaría por alcanzarles uno a uno.
Otro 30 de octubre, el de 1943, las fuerzas de represión descubrirían la presencia de alguno de aquellos hombres en la casa de Sobrado donde la viuda de José Losada sobrevivía con sus tres hijos. Siete años después, otro drama sacudía a la familia; Después del combate, la casa era pasto de las llamas y lo peor de todo, Alpidia García se vería obligada a incorporarse a la resistencia. Su única hija, y a la vez la única persona a la que la justicia franquista pudo atribuir el episodio, fue detenida y encarcelada durante más de seis años. Solo el asesinato de su madre en Villasinde, el 17 de marzo de 1949, permitiría su puesta en libertad. En 1951, Ángela volvió a Sobrado para comenzar una nueva vida, perdida ya la adolescencia, y partiendo de cero.
Hace tan sólo unos días, volví a tener noticias de Ángela. Encabezaba un manifiesto redactado por varios vecinos de Sobrado en el que denunciaban la mala calidad del agua de uso doméstico en la localidad y la presencia machacona de una melodía de dudoso gusto que atruena cada hora del día y de la noche desde el reloj situado en lo alto del edificio consistorial. La noticia no pasaría de ser una más en la vida cotidiana de un pueblo berciano de no haber sido por las declaraciones de Constantino Valle, alcalde del municipio, que días después atribuía la protesta a un grupo de gente que, según él, se negaban sistemáticamente al progreso. No voy a entrar a valorar quién tiene más o menos razón en el conflicto, pero me resultan de mal gusto las palabras del edil, cuando menos en lo que respecta a Ángela. Pero todo tiene una explicación; Constantino Valle, como yo, ni siquiera había nacido cuando sucedió lo que les contaba al principio de esta columna. Y de no ser éste un país tan amnésico, posiblemente alguien le hubiera advertido que para ser un buen demócrata lo primero que hay que hacer es respetar a los demócratas que vienen de atrás, y sobre todo a aquellos que pagaron un precio tan caro como el que pagó Ángela en sus propias carnes; El precio del progreso.
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